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Cumplidos más de 130 días desde su inicio, el conflicto abierto entre EEUU e Irán sigue fiel al guion imprevisible, anárquico, improvisado e incomprensible con el que comenzara el pasado 28 de febrero. Iniciado con una ofensiva militar israelo-estadounidense que acabó con la vida del ayatolá Alí Jamenei y de varios miembros de su familia —enterrados esta semana en Irán en una fenomenal puesta en escena— sin que nunca quedara claro si el objetivo del mandatario norteamericano Donald Trump y del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu fuera el del cambio de régimen —ahora el primero insiste en que no tiene interés en ello—, Washington ha dado esta semana por liquidado un alto el fuego que las partes han incumplido desde el primer día a punto de alcanzarse el mes desde la firma del flamante memorando de entendimiento… para que las partes sigan negociando de manera indirecta. Esta semana, tras los ataques de las fuerzas iraníes contra buques que se disponían a cruzar el estrecho de Ormuz, EEUU y la República Islámica se enzarzaron en un nuevo cruce de fuego en torno al sur del país y el estratégico estrecho —por donde en tiempos de paz transita el 25% del crudo y el gas natural mundiales—, auténtico epicentro de un conflicto que amenaza, como tantos otros en esta parte del mundo, con enquistarse. En apenas 48 horas, Trump lanzó una nueva oleada de ataques contra casi 180 objetivos militares iraníes, mientras Teherán respondía ampliando sus ofensivas contra intereses estadounidenses en el golfo Pérsico, siguiendo un esquema repetido desde el inicio de la guerra.Llegados a este punto, con un conflicto en manos, por un lado, de un presidente errático, caprichoso e incapaz de mantenerse firme en sus posicionamientos, así como sin brújula aparente para las próximas semanas y meses, y, por otro, de un régimen que, en clara inferioridad militar, ha demostrado ser capaz de resistir mucho más de lo que los expertos en Washington y Tel Aviv calcularon, ¿es posible una nueva guerra de escala regional? Lo cierto es que este sábado la tensión seguía elevándose, al menos verbalmente, puesto que no se han vuelto a producir ataques ni en Ormuz ni en ningún otro punto de la región desde la noche del jueves. El presidente estadounidense amenazó ayer sábado a las autoridades iraníes con tener preparado un millar de supuestos misiles para atacar su país si fuera víctima de alguna tentativa de asesinato y el guía supremo de la República Islámica, el ayatolá Mojtaba Jamenei —al que, o bien por haber sufrido lesiones de gravedad durante la guerra o bien por supuestas medidas de seguridad no se le ve ni oye desde su nombramiento—, aseguraba, por su parte, de que la “inocente sangre” de su padre será vengada antes o después contra los perpetradores del crimen.Ormuz, epicentro de la crisisAsí las cosas, el principal punto de desacuerdo entre Teherán y Washington desde la firma del memorando de entendimiento —que nació viciado al no contar con mecanismos de cumplimiento verificables— es la quinta cláusula del mismo, que establece que Irán “adoptará las medidas necesarias, haciendo todo lo posible, para garantizar el paso seguro de los buques mercantes, sin coste alguno y únicamente durante 60 días, desde el golfo Pérsico hasta el mar de Omán, y viceversa”. Teherán, por su parte, lo interpreta asegurando disponer de la “responsabilidad exclusiva” de establecer las medidas necesarias para garantizar el paso seguro de los buques por el estrecho de Ormuz, y ello le lleva a justificar los ataques de la Guardia Revolucionaria contra embarcaciones sin autorización para transitar por el estrecho.Lo cierto es que, aunque corto plazo Ormuz estará en el epicentro de la disputa, a medio y largo plazo el eje de la negociación será el programa nuclear iraní, como quedó establecido con la firma del citado memorando. Washington busca reducir la capacidad militar iraní y reafirmar el control de rutas marítimas, mientras Teherán busca demostrar que conserva capacidad de daño para elevar el costo de cualquier presión. Eso significa que la escalada actual podría ser, paradójicamente, una forma de negociación armada y no necesariamente el fin del diálogo.En este sentido, según el analista político iraní Ehsan Rahimi, “mediante la amenaza sobre los flujos energéticos y los ataques contra instalaciones militares estadounidenses, Irán ha desarrollado una forma de ‘disuasión mediante la imposición de costes’. Sin embargo, este instrumento asimétrico también incrementa el riesgo de una respuesta militar, de nuevas sanciones y de un mayor desgaste de la economía iraní”.Más allá de Ormuz, el paso de las semanas deja cada vez más claro que la disputa tiene como telón de fondo el establecimiento de líneas maestras que regirán el futuro de la región, con un Israel envalentonado por sus éxitos —no definitivos— contra el arco de fuerzas proxy patrocinadas por Irán y un Golfo cada vez más desconfiado con Washington y con Teherán. Cada vez que las conversaciones entre EEUU y la República Islámica avanzan hacia un compromiso concreto, aparecen discrepancias que afectan a la seguridad, la política interna y la legitimidad de ambos Estados.Las divergencias entre Irán y EEUU han trascendido lo nuclear y abarcan la libertad de navegación, el régimen jurídico de Ormuz, el despliegue militar estadounidense y la posición regional de Irán“Si analizamos lo que está ocurriendo desde la perspectiva teórica de la ‘negociación bajo la sombra de la guerra’, el reciente alto el fuego no debería interpretarse como una señal de resolución del conflicto, sino como un instrumento para reajustar los costes, evaluar las capacidades de la otra parte y mejorar las respectivas posiciones negociadoras”, recuerda a 20minutos Rahimi. “Las divergencias entre Teherán y Washington han trascendido el expediente nuclear y abarcan ya la libertad de navegación, el régimen jurídico del estrecho de Ormuz, el despliegue militar estadounidense y la posición regional de Irán”, asegura el investigador doctoral vinculado a la Universidad de Alicante.El misterio Mojtaba Jamenei y la opacidad iraníSin duda, la opacidad es una de las características del sistema político iraní, y la guerra, habida cuenta de la eliminación de la élite política y militar del régimen entre junio de 2025 y el mes de marzo de este año, no ha hecho sino aumentarla. La desaparición de la anterior generación dirigente ha dado paso a una nueva, no más flexible y pragmática que la anterior, según los especialistas, y hoy dominada por los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria.Al menos teóricamente, en la cúspide del sistema teocrático se sitúa el ayatolá Mojtaba Jamenei. “La elección de Mojtaba fue rápida para evitar una fragmentación interna. Para los leales al difunto líder supremo, el apellido Jamenei garantizaba cohesión y continuidad. Sin embargo, a medida que el conflicto pierde intensidad y avanzan las negociaciones, afloran las divisiones internas”, recuerda a 20minutos el politólogo hispano-iraní Daniel Bashandeh.A juicio del especialista en Irán, estas divisiones “representan a la vez una oportunidad y una amenaza” para la República Islámica. “Por un lado, los sectores más pragmáticos, encabezados por [el presidente del Parlamento] Ghalibaf, buscan un acuerdo con EEUU en clave económica. Por otro, los sectores más ideológicos, vinculados al entorno de Jamenei, el estamento religioso y parte de los Pasdarán, consideran el acercamiento a Washington una amenaza a su influencia e intentan obstaculizar el proceso”, asevera Bashandeh.Por último, advierte el analista, la prolongada ausencia pública del nuevo líder supremo “puede dificultar la adaptación del sistema al nuevo escenario de negociaciones e intensificar la competición por el poder”. “La clave será identificar qué actores ganan o pierden con las negociaciones y con la ausencia del líder. Las últimas declaraciones sugieren que los Pasdarán están marcando la pauta de la comunicación, lo que podría anticipar reorganizaciones …
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