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06
Dic
De cómo la industria de las criptomonedas revive la movilidad social perdida

La industria de las criptomonedas es percibida como llena de promesas exageradas de éxito individual

La realidad del espacio muestra un alto grado de compromiso y colaboración en múltiples comunidades

Uno de los grandes problemas actuales del mundo, de Latinoamérica y de Argentina, es el de la (falta de) movilidad social ascendente. Las causas son variadas y distintos sectores políticos e ideológicos eligen diferentes culpables: el capitalismo tardío, la generación del baby boom estancando a los millenials, los millenials y su falta de ética laboral, el agotamiento del estado de bienestar, la falta de estado de bienestar, la regulación financiera, la desregulación financiera, etc.

Mientras tanto, el mundo de las criptomonedas parece estar un poco al margen de estas discusiones. Si bien experimenta sus propios altos y bajos, el desempleo y la falta de metas no son en absoluto sus preocupaciones principales.

La movilidad social no existió siempre

Uno de los textos académicos clásicos que explican este fenómeno de la movilidad social es “La carrera abierta al talento” del historiador Eric Hobsbawn (Capítulo 10 del libro La era de la revolución, 1789-1848). En este texto, el historiador explica cómo las revoluciones industrial y francesa transformaron a las rígidas sociedades aristocráticas en “carreras abiertas al talento”. Esto es, en sociedades donde los individuos y las familias podían moverse de un estrato o clase social a otro de forma perfectamente legítima. Consideremos que, hasta antes de ese momento, esto había sido siempre extremadamente raro y en general ocurría fuera de la ley y de la costumbre.

En una sociedad tribal, por ejemplo, la estratificación es prácticamente nula y las clases están dadas por sexo y edad; en una sociedad esclavista o feudal, las clases (y hasta los trabajos) son rígidos: uno nace herrero y muere herrero, al igual que toda su descendencia, de la misma manera que los nobles nacen y rara vez se hacen.

Esto cambió progresivamente en el renacimiento y luego radicalmente con el advenimiento del capitalismo:

La negativa de Von Schele, alto funcionario del reino de Hannover, a conceder un cargo gubernativo a un pobre abogado joven porque su padre había sido encuadernador -por lo cual el hijo debía seguir perteneciendo a ese oficio- resultaba ahora perniciosa y ridícula. Mas, en realidad, Von Schele no hizo otra cosa que repetir la antigua y proverbial prudencia de la estable sociedad precapitalista. Con toda probabilidad, en 1750 el hijo de un encuadernador hubiera seguido el negocio de su padre. Ahora no ocurría así. Ahora se abrían ante él cuatro caminos que conducían hasta las estrellas: negocios, estudios universitarios (que a su vez llevaban a las tres metas de la administración pública, la política y las profesiones liberales), arte y milicia.

Hobsbawn, Eric J. La era de la revolución, 1789-1848. Págs. 194-195.

Para no extendernos demasiado, si bien el texto es bastante interesante, podemos resumir los siguientes dos siglos en que esos principios se mantuvieron dentro de todo vigentes. A principios del siglo XX, las familias trabajadoras todavía concebían ese ascenso social a través de la educación superior de sus hijos como su meta. Como constata la expresión “mi hijo el doctor”, las carreras preferidas eran abogacía y medicina (a los abogados también se los llama coloquialmente doctores, al menos en Argentina).

El liberalismo clásico de los siglos XIX y XX ya ponía un gran énfasis en la educación y administración públicas. Si bien no buscaba redistribuir la riqueza, el Estado tenía un rol clave proveyendo servicios públicos: salud, educación y seguridad. La crisis de 1929 marcó el abandono del modelo de Estado liberal clásico en pos del de un Estado intervencionista, en tres grandes versiones a lo largo del mundo: capitalismo keynesiano o estado de bienestar (EE.UU., Inglaterra), fascismo (Italia, Alemania) y comunismo (Rusia, China).

Estos Estados intervencionistas sí tenían como propósito redistribuir algo de la riqueza y garantizar no solo servicios básicos, sino también esa movilidad social. Luego de derrotado el fascismo en la Segunda Guerra Mundial, en occidente primó sobre todo el estado de bienestar y en oriente, el comunismo. En Latinoamérica, se dieron mezclas de fascismo o comunismo con estado de bienestar.

“Looking Backward” (Mirando atrás) por Joseph Keppler (1893). Caricatura que muestra a los hijos de migrantes pobres, ahora acaudalados, rechazando a una nueva ola de migrantes pobres. Fuente: Ohio State University.

El Zeitgeist doomer

Hacia fines del siglo XX, el estado de bienestar se fue erosionando, tanto por virajes políticos hacia el llamado neoliberalismo, como por el propio agotamiento o crisis de esos modelos en varios países. Durante el siglo XXI, Latinoamérica tuvo un intento de traer de nuevo el estado de bienestar con el “socialismo del siglo XXI”, pero los resultados fueron mucho más limitados que durante el siglo anterior. Al mismo tiempo, con el paso de la sociedad industrial a la posindustrial, las profesiones preferidas para el ascenso social dejaron de ser abogacía y medicina para ser programación y desarrollo web. Con sueldos más altos y oficinas más cómodas, entre 2010 y 2020 estos rubros eran los más privilegiados entre la clase asalariada. Luego de la pandemia de coronavirus, y con el advenimiento de la IA generativa, comenzó una tendencia de despidos masivos entre las grandes empresas del sector, que continúa hasta este año y podría seguir. Esto fue en gran medida la clausura de esa ilusión de trabajos perfectos que existía en la década anterior.

Las generaciones milennial y posteriores, que de a poco van entrando al mercado laboral, están caracterizadas en la literatura intelectual como “sociedad del cansancio” (Han), “McDonalizada” (Ritzer), presa de “trabajos de mierda” (Graeber) y ya ni siquiera en un sistema capitalista sino “tecno-feudal” (Varoufakis). En la cultura popular (memes), el adulto joven está retratado como el doomer. De los cuatro caminos que se presentaban en el temprano siglo XIX, solo un par quedan hoy día: el arte en poca medida y la milicia raramente (especialmente en países como los latinoamericanos donde los ejércitos están, con justa razón, muy desacreditados y son más bien pacíficos). La educación se presenta problemática, ya que pocas carreras ofrecen buenas posibilidades en el mercado laboral. La masificación de la enseñanza superior tuvo como contraparte la devaluación de los títulos universitarios. El panorama común es: falta u oferta muy precaria de empleo, nula perspectiva de futuro (viviendas inaccesibles, incapacidad de ahorro) y falta de propósito.

Dibujo del doomer, versión del meme Wojak. Se caracteriza por su aspecto descuidado y cansado y una actitud derrotada y nihilista frente al mundo.

WAGMI y exitismo

En contraste con esto, la industria de las  criptomonedas y web3 lleva casi una década haciendo crecer su mercado laboral. En gran parte hereda y comparte una perspectiva y estética colorida y optimista propia de Silicon Valley (de donde proviene mucho de su financiamiento y se radican muchas compañías del sector),  llamada Solarpunk por ellos mismos, o tecno-optimista. Este ethos optimista se resume en el eslogan: Todos vamos a conseguirlo, We’re All Gonna Make It (WAGMI).

Otras comunidades ven a esos entusiastas como muy ingenuos o simplemente como un mero producto del marketing. El término por excelencia para denominarlos es cripto-bros. Es importante diferenciar a dos grandes grupos de antagonistas: por un lado, otras comunidades que también desarrollan tecnología blockchain, pero de forma más “seria”; por otro, críticos desde fuera de la industria.

En el primer grupo podemos encontrar a maximalistas bitcoiners o cypherpunks de núcleo duro, cuyas opiniones son semejantes a la siguiente cita:

Cripto Bros: Todas las personas involucradas en la inversión, promoción, comercialización y estafa que rodea a casi todos los proyectos «cripto» que existen, y que son ciegas al verdadero poder que tiene Bitcoin.

Erik Cason, Cryptosovereingty

En el segundo grupo podemos encontrar opiniones no basadas en conocimientos o detalles técnicos de los proyectos de criptomonedas y web3 sino más bien políticas y en general ajenas a la industria y la tecnología. Por ejemplo, la siguiente definición:

La mezcla de finanzas y tecnología de la creciente industria ‘blockchain’ la ha convertido en el patio de recreo perfecto para la masculinidad tóxica y quienes intentan hacer dinero fácil a costa de los demás.

Marta del Amo, ‘Cripto-bros’ y machismo 3.0. Bitcoin, especulación y masculinidad tóxica

Si bien esta caracterización es acertada respecto a un perfil específico de usuario, no es correcto adjudicársela a toda la industria. En general, el cripto-bro no es alguien con un conocimiento profundo de la tecnología web3 o blockchain, sino un mero entusiasta que aspira al éxito personal rápido. Es especialmente activo y ruidoso en plataformas sociales y en muchos casos esto se relaciona con esquemas fraudulentos que requieren convencer a más y más gente de participar. Lo que quiero explicar a continuación es que esto no es más que la superficie de la industria web3 y de ninguna manera su verdadero motor.

Captura de uno de los NFT Bored Ape más caros de la historia listado en OpenSea. Fuente: Coincodex

Construyendo tecnología y comunidad

La característica principal de la industria web3 es que es parte del movimiento del software libre. Si bien el ánimo de lucro está ahí movilizando a empresas, emprendedores y empleados, y la tecnología que se desarrolla es mayormente financiera, no se estila reservarse los derechos de propiedad sobre lo que se construye. Este es un contraste importante cuando se compara esta industria con la industria del software en general, en la que cada empresa suele guardar su tecnología celosamente detrás de patentes y acuerdos de confidencialidad. A continuación, voy a compartir tres historias que me parece ilustran muy bien la dinámica del ascenso social en la industria de criptomonedas.

Iván Tello

CEO de Decrypto, podemos leer un testimonio sobre él en el texto Trust Machines, de Tomás Guarna:

Iván era un chico de Soldati, de hecho, hablo de él en mi libro [Hacktivismo, un libro sobre el poder de las tecnologías de red para el cambio social]. Soldati es un barrio obrero. En sus propias palabras, entras en una fábrica textil a los 15 años y sales a los 65 en un ataúd. Decía que su destino era trabajar así, por el lugar donde había nacido. Y él, que era una persona curiosa, me contó que había robado un montón de textiles de la fábrica, empezó a venderlos en MercadoLibre [un mercado online] y descubrió el comercio electrónico, y luego descubrió Bitcoin cuando no le dejaron cobrar pagos con tarjeta de crédito en ese momento… Cuando descubrió Bitcoin, empezó a minar.

Tomás Guarna, investigador sobre comunicación, g …

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